El valor inmobiliario no depende únicamente de construir más metros cuadrados, sumar áreas comunes o elevar la calidad de los acabados. También se define por la capacidad de un proyecto para responder a la forma en que las personas habitan, trabajan, descansan y se relacionan con los espacios.
En esa conexión entre el proyecto y sus usuarios, el interiorismo adquiere un papel más relevante. Su aporte no consiste solamente en definir cómo se verá un lugar, sino en ordenar sus usos, anticipar necesidades y lograr que cada ambiente cumpla mejor su función.
Por eso, el momento en que se incorpora importa. Juanfer de Tarraula considera que el interiorismo debe participar desde la misma etapa que la arquitectura. “El punto perfecto para contratar a un interiorista es a la vez que se contrata al arquitecto”, explica.
Trabajar ambas disciplinas desde el inicio permite tomar decisiones cuando todavía existe margen para ajustar el proyecto y resolver desde la planificación aspectos que podrían resultar más complejos durante la obra.
La diferencia puede estar en decisiones aparentemente pequeñas. La posición de un elemento, la relación entre dos ambientes o la forma en que circulan las personas pueden influir en la comodidad, el mantenimiento y el desempeño del espacio a largo plazo. Cuando esas variables se piensan en conjunto, el proyecto gana coherencia.
Este enfoque también cambia la manera de entender las áreas comunes. Un coworking, un rooftop o un salón social comienzan a generar valor cuando, además de formar parte de la propuesta comercial, ofrecen razones para utilizarlos e incorporarlos a la rutina.
La diferencia está entre ofrecer un espacio y conseguir que realmente tenga uso. Cuando eso ocurre, deja de ser únicamente un argumento de venta y se convierte en una experiencia que fortalece la percepción de calidad del desarrollo.
El interiorismo también permite conocer mejor al público al que se dirige el proyecto. No todos los ambientes deben responder a una distribución convencional ni conservar una sola función. Diseñar a partir de hábitos reales puede dar lugar a espacios más flexibles y a un mejor aprovechamiento del área disponible.
Para Juanfer de Tarraula, ahí está una de las principales diferencias: el interiorismo va más allá del buen gusto; requiere entender cómo se habita un lugar y convertir esas necesidades en soluciones concretas.
Ese aporte puede observarse en distintos tipos de desarrollos. En South Pacific Hotel & Resort, en La Unión, el interiorismo participa en decisiones relacionadas con la capacidad de las habitaciones, el aprovechamiento de las vistas, la flexibilidad de uso y la experiencia de diferentes perfiles de huésped.
En un proyecto hotelero, estas decisiones también tienen un impacto operativo. Una habitación bien planteada puede atender distintos niveles de ocupación, mantener su atractivo y responder mejor a las necesidades del usuario sin perder eficiencia para el hotel. El interiorismo se conecta así con la experiencia, pero también con el rendimiento del proyecto.
A medida que el mercado se vuelve más exigente, esta relación cobra mayor importancia. Los compradores y usuarios no solo observan cómo luce un desarrollo; también perciben si sus espacios son cómodos, si las áreas comunes tienen sentido y si la calidad se mantiene después de la entrega.
El valor inmobiliario comienza en la ubicación y la arquitectura, pero se confirma en el uso. Ahí es donde el interiorismo puede hacer que un buen proyecto esté mejor resuelto.
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